La Ventana al otro lado del callejón

Un destello de movimiento captó mi atención desde el otro lado del callejón. A través de las persianas entreabiertas, su silueta se movía con lenta y deliberada gracia...

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La ventana al otro lado del callejón

El destello de movimiento captó mi atención desde el otro extremo del callejón. Llevaba horas mirando fijamente la pantalla de mi portátil, con el resplandor del monitor como única luz en mi apartamento. Cuando alcé la vista, la vi.

A través de las persianas entornadas de la ventana justo frente a la mía, la silueta de una mujer se movía con lenta y deliberada gracia. La cálida luz amarilla de su habitación doraba sus curvas mientras estiraba los brazos por encima de la cabeza, haciendo que la fina tela de su camiseta se levantara y revelara una franja de vientre desnudo.

Debí haber apartado la mirada. Pero algo en su forma de moverse—completamente ajena a ser observada—aceleró mi pulso. Giró dándome la espalda a la ventana, ofreciéndome una vista perfecta mientras alcanzaba detrás de sí para desabrocharse el sostén. Las tirillas se deslizaron por sus hombros y los liberó con un pequeño estremecimiento que casi pude sentir yo mismo.

Mi mano encontró su camino dentro de mis bóxers mientras ella se quitaba la camiseta. Sus senos eran generosos, los pezones ya erectos por el aire fresco de la noche. Los acarició brevemente, girando los hombros como para aliviar una tensión, luego deslizó ambas manos por su vientre hacia el borde de sus shorts.

Me masturbé lentamente, siguiendo el ritmo de sus movimientos. La forma en que enganchó los pulgares en la cintura elástica y empujó los shorts hacia abajo parecía casi teatral—el lento descubrimiento de piel suave, cómo la tela se aferraba por un instante antes de ceder. Se liberó de ellos, apartándolos con un pie descalzo.

Ahora completamente desnuda, pasó los dedos por su cabello, arqueando ligeramente la espalda. La curva de su trasero era perfecta, los hoyuelos en la base de su columna pidiendo a gritos ser tocados. Apreté el ritmo cuando ella volvió a enfrentar la ventana, con una mano deslizándose entre sus muslos.

Sus dedos hicieron círculos lentos, mientras su cabeza se recostaba contra la pared. Podía ver el rubor extenderse por su pecho, casi escuchar el pequeño gemido que soltó al encontrar la presión exacta. Mi propia respiración se volvió entrecortada al imaginarme siendo yo quien la tocara—viendo su expresión mientras alcanzaba el clímax.

Con su otra mano pellizcó un pezón, retorciéndolo suavemente mientras sus caderas comenzaban a mecerse contra sus dedos. Sincronicé mi ritmo con el suyo, acelerando mis caricias conforme sus movimientos se hacían más urgentes. Cuando sus rodillas flaquearon y mordió su labio, supe que estaba cerca.

En el momento en que vino—cuerpo tenso, boca entreabierta en placer silencioso—yo la seguí inmediatamente, derramándome caliente sobre mi puño mientras la veía estremecerse en su propio orgasmo. Se dejó caer contra la pared, jadeando, luego alcanzó las persianas para cerrarlas sin alzar la vista.

Me quedé sentado en la oscuridad, con el corazón acelerado, preguntándome ya si la noche siguiente volvería a dejar las persianas abiertas.

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